domingo, 29 de abril de 2012

Cruce de tejidos

Desde muy pequeña tuve conciencia de qué era la muerte. Miraba las dos fotos chiquititas de mis abuelos, los padres de mi madre, a los que yo no había conocido, y entendía que ellos habían estado, pero en aquel "ahora", no: y el no estar no podía ser bueno. Creo que fue así como fui consciente de qué era el morirse. Fui creciendo y siempre tuve esa idea acechándome, constantemente: tanto que recuerdo noches de verano en las que, al no poder dormir, empezaba a rondar por mi cabeza el tema, y acababa llorando y agobiada entre las sábanas.
Un día tuve la valentía, o la tonta idea, de contar aquello a una persona. Curiosamente, esa persona, no mucho después, protagonizó muchos de mis llantos en otras noches en las que Morfeo no debió de pasar por mi habitación. Era entonces cuando recordaba la promesa que le hice y que implicaba intentar eliminar, por todos los medios, esos pensamientos de mi cabeza: supongo que aquello me hizo bien. También me ocurría que, simplemente, el hecho de pensar que iba a morir algún día, hacía que el dolor provocado por esa persona a la que le prometí no pensar en ello me pareciera absurdo porque, ¿qué es peor que pensar que vas dejar de existir? Llegaba la nada, cero, punto y final, sin posibilidad de punto y aparte, puntos suspensivos, párrafo 
nuevo, coma... Por aquel entonces sí: esa pregunta me dejaba K.O. 
Ahora... ahora no me convence: le encuentro respuesta. Y la contradice. Puede que porque ya no esté tan segura de que todo sea inexistente para uno mismo una vez que se ha ido o porque haya otra cosa que me provoque más miedo: en cualquier caso, ambas posibilidades están cruzadas ya que, quien me hizo pensar que era demasiado simple creer que no existe más que esta vida es la misma persona que no está ahora en la mía y la que, de seguir así durante mucho tiempo, provocará que mi tristeza aumente. Y tal vez que ese otro miedo que desde pequeña he tenido siga disminuyendo.



                       Be.