Cinco días después, (cuatro más tarde de lo previsto y con unos pocos
de grados más, concretamente hace una media hora mi padre pasaba cerca
de Plaza de Armas y al llegar aquí me anunciaba que 30º marca el
termómetro de allí), me dispongo a hablar de Wallada. Y, por qué
negarlo, de lo que vaya surgiendo.
Wallada, que era
hija del califa Mustafkí, no fue una mujer común de las de la época, y
hablamos del siglo XI d.C. La guía del sábado, cuando allí en Córdoba
habló de ella, pronunció su nombre tal y como se lee la palabra
"balada", aunque más que "balada", yo pienso en un tango, en un
"zapateao", en flamenco y en sevillanas al recordar esta historia: en
algo muy apasionado y con mucho carácter. Quizás más adelante se
entienda el motivo.
A bote pronto, pensar en Wallada
sería imaginar a una mujer de tez morena olivácea, tan típica de los
árabes; ojos oscuros; quizás, sólo quizás, nariz algo aguileña, aunque
siendo mujer me pega menos que en un hombre de esta procedencia y
cabello negro, puede que liso. A mí, personalmente y posiblemente porque
tendemos a otorgar del don de la belleza a los protagonistas de
historias de amor (y ya vemos, ahí tenemos a Cyrano y su nariz, de la
que Quevedo habría dicho que también era "superlativa" y "una pirámide
de Egipto"), se me aparece en la mente a una mujer hermosa, atractiva,
de éstas que quitan el hipo: sí, nariz ligeramente aguileña incluida o
no. Siguiendo con Wallada, y como juzgar antes de tiempo no es
precisamente adecuado, los escritos de la época la pintan de otra forma:
una belleza poco común, de tez blanca, ojos azules, entre rubia y
pelirroja, con una hermosa figura,... vamos, que de morena, nada, pero
de pivón como yo ya la imaginaba, parece que muchísimo. En cuanto a su
personalidad, adelantada: con sólo 17 años abrió un palacio y salón
literario en la ciudad. Allí enseñaba poesía, canto y las artes del amor
tanto a las hijas de familias pudientes como a esclava. Se paseaba por las calles de Córdoba sin velo,
con versos de su cosecha bordados en sus ropas y sus túnicas a veces
transparentes. Estaba acostumbrada a mandar, y así lo hacía en la calle,
en su casa y en la cama. En una fiesta poética, conoce al moro andalusí
de mier... a Ben Zaydun, con quien tuvo un idilio fugaz, pero al
parecer intenso. El final del mismo parece que fue propiciado por él y,
aunque no se saben bien las causas, Wallada escribió al respecto:
Sabes que soy la luna de los cielos,
mas, para mi desgracia, has preferido un oscuro planeta
Y
Si (Ben Zaydun) hubiera visto falos en las palmeras,
sería pájaro carpintero
¡Pobre
Wallada! No sé si yo haría algo así, (la verdad es que me he podido ver
en una situación similar y no, no lo he hecho), pero eso no quita que
pueda llegar a comprenderla, a apiadarme de ella, compartir su pena,
algo similar... Sentir, amar, querer, adorar, desear,... llorarle,
odiar, sentir rabia... Todo cambia en unos minutos. Y quién sabe si se
volverá al inicio de lo que se sintió: siempre quedará esa esperanza.
¿Qué no consigue el amor? O el desamor…a lo mejor es que me siento un
poco como ella, quizás sin traición, aunque... ¡¡hay tantísimas formas
de traicionar!!
Y eso es lo que debió sufrir ella en su,
mencionada antes, hermosa figura, pues Wallada se dedicó a escribir
versos que tachaban a Ben Zaydun de haberla traicionado con un hombre.
Cierto o no, ella le devolvió el golpe convirtiéndose en la amante del
visir Ben Abdús, enemigo de Ben Zaydun. Jódete, cabrón. Por cerdo. El
visir acabó encarcelando al poeta y desde la prisión dedicó algunos de
sus más famosos poemas a Wallada. Pero ella ya no quiso volver a saber
más de él: poetisa rubia 2- cerdo traidor 1. Al salir de
la cárcel, Ben Zaydun se dedicó a implorar el perdón de la poetisa en
sus versos, mientras paseaba por los palacios arruinados de Medina
Al-Zahara. Y es que, como el sábado pasado pude comprobar con Abderramán
y hace ya tiempo con
Boadbil, al que probablemente aún se le oirá por Granada, el hombre
también llora "...como mujer lo que no supiste
defender como hombre”. Eso sí, lloran como hombres. Sin
más.
El caso es que, por mucho que Ben Zaydun le escribiese entre
lágrimas, Wallada nunca le perdonó. Ella se dedicó a recorrer la España
de los taifas dando muestras de su talento, pero siempre volvía a Ben
Abdús, en cuyo palacio vivió siempre altiva y hermosa, hasta bien
cumplidos los 80 años. Nunca llegó a casarse con él. En cuando a Ben
Zaydun, rehizo su vida y carrera política en Sevilla, a la sombra de
Mutamid, padre del poeta del mismo nombre. Tuvo una larga vida y parece
que murió rico y con bastante poder, puede que ya recuperado de aquel
dolor, o aún con la sombra del desengaño que él mismo incentivó.
Nunca
me cansaré de decirlo, y aún menos de sentirlo: me parece tan mágico
pensar en lo que pudo vivir una
persona hace siglos, donde una ahora vives otra, o en no sé cuántos años
alguien experimentará lo que sea… En lugares en los que la propia
Wallada pudo escribir poemas de amor a Ben Zaydun y después dedicarle
otras poesías ya cargadas de dolor, yo sentía también, como ahora
siento, el daño que provoca el perder a la persona amada. Son cosas que
guardan los
rincones, la historia de un lugar y de sus gentes,… No las cuentas, las
callas y son tuyas, pero ahí están. Mitómana, que me diría alguno: que
razón tenías…
al menos, con eso.
Sintieran lo que sintieran los dos
al final y durante el transcurso de sus vidas, perdieron ambos. Quizás
sólo durante un tiempo (no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo
resista y el tiempo lo cura todo, sí, sí, muy bonito y consolador,
blablablá, a mí ahora de poco me sirve ), pero tanto ella como él,
lloraron. Si bien de ella no se conocen sus lamentos, sí que se sabe de
sus escritos y, siendo franca, una persona que odia de esa manera sólo
ha podido amar antes. De hecho, odiar en muchísimos casos es un forma de
amor, sólo que teñido de ira, contaminado de rabia por el dolor, daño y
sufrimiento provocados. Pasar de un estado a otro, de un sentimiento a
otro tan dispar como es el desamor en tan poquísimo tiempo, sólo lo
consigue el amor. Si es que ya lo decían ésos en la carátula del cd: ¡Qué grande es esto del amor!
Be.
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