Y hoy, domingo, una mirada me ha reconfortado. Tan limpia, tan dulce y tan comprensiva como siempre. A veces más triste y a punto de llorar, y otras más alegre, a breves instantes de esbozar una suave sonrisa y, acto seguido, soltar una sonora carcajada. Pero eso es sólo una percepción: Ella siempre sonríe. De hecho, yo creo que ya no sabe llorar. Lo ha hecho tanto que ya sólo puede levantar ligeramente las comisuras de sus labios y mostrar la cara más dulce y luminosa que jamás pudiera nadie ver. Lo único que ocurre es que sabe, como ninguna, unirse al llanto, a la tristeza, desconsuelo y pesadumbre de aquel o aquella que la contempla para después, recogerle del suelo con la fuerza que emana, aunque pudiera parecer que es imposible, de sus finas y delicadas manos. Así me has levantado hoy con tu mirada.
Y Tú sabes que me cuesta no dudar. Que me es complicado creer en Ti, pero siempre que algo va mal, te miro, y siento el mismo consuelo que siente el niño cuando llora y su madre lo acuna apoyado en su pecho y sujeto entre sus brazos. Y también, cuando las cosas van bien, miro tu cara y sonrío agradecida. Y sabes que apenas rezo y que, cuando lo hago, a veces me siento algo ridícula; pero a la vez sabes que pronuncio tu nombre con orgullo, con la cabeza alta y con la cara iluminada. Así que, este próximo Viernes Santo, cuando el antifaz negro me tape la cara y llegue a sentir que me falta el aire; cuando el sol del puente caliente mi capirote; cuando la túnica me acalore el cuerpo; cuando la calle Castilla se me haga eterna a la vuelta y sienta que mis hombros no tienen suficiente fuerza para seguir sosteniendo mi capa, sentiré también que estás ahí. Aunque mire atrás y no te vea, aunque vuelva a hacerlo y no haga más que vislumbrar capirotes negros a lo lejos. Sé que irás tras de mí, empujándome y haciendo que mi recorrido parezca más corto. Porque aunque ansío el acompañarte, más disfruto viéndote salir del portal de tu casa, o por el Altozano llegando al puente, o desde el balcón, y pensando en ti cuando corro a toda prisa escaleras abajo para seguirte hasta que llegas de nuevo a tu templo, a nuestro templo, de Triana. Porque la mayor estación de penitencia no es pasar calor, o aguantar a esos críos que resultan tan pesados (¿Tienes medallitas, estampitas o caramelos?), sino tenerte tan cerca y no poder verte, aunque sí sentirte.
A Ti, que eres mi Madre. No a la que veo al despertar cada día, pero sí la que me ve a mí. A una la tengo aquí, y a Ti, hecha madero y también en el cielo.
"Desde la calle Castilla
la tarde del Viernes Santo
cruza una Virgen sin llanto
por el puente hasta Sevilla.
¿Y quién es esta chiquilla
tan delicada y bonita
que el verla las penas quita?
Es la Gloria de Triana
y Patrocinio se llama
¡La Madre de Dios bendita!"
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